La capitana del Yucatan

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La oscuridad era todavía bastante espesa, pero observando atentamente la negra línea del horizonte, la marquesa y el almirante Villamil pudieron comprobar que sólo poquísimas naves americanas navegaban fuera del canal.

Mientras el almirante comunicaba a Cervera esta agradable nueva, Córdoba se había dirigido a la marquesa^ diciéndole:

—No cometáis ninguna locura, doña Dolores. Apenas las naves españolas hayan salido, ciñámonos a la costa e intentemos ponemos a salvo hacia Santo Domingo.

—¿Y deberemos huir así, como ladrones, sin combatir, mientras nuestros compatriotas van al encuentro de la muerte? —dijo la marquesa, con voz dolorida.

—Pensad que una sola granada americana puede mandamos a todos a pique. Nuestra nave es un barco de carreras y no de combate. ¿Prometéis obedecerme? No tenéis el derecho de sacrificar a nuestra tripulación.

—Te obedeceré, Córdoba —murmuró la valerosa mujer, con un suspiro.

Después agregó, con un sollozo sofocado:

—¡Dios proteja a la escuadra española…!

En aquel momento la flota de Cervera, en el más profundo silencio, avanzaba por el canal, soslayando la carcasa del «Merrimac».


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