La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —¡Ah…!
El crucero, monitor o lo que fuera, a una milla de las Jolbos, se habÃa parado lanzando sobre las playas un gigantesco chorro de luz eléctrica, para asegurarse de que la pequeña nave que buscaba no se habÃa refugiado en una de las numerosas ensenadas que formaba aquella tierra.
El rayo luminoso se proyectó primero hacia los escollos tras los que se ocultaba el «Yucatán», sin iluminar sin embargo el yate, pues éste estaba bien escondido, después, sobre las islas, haciendo brillar los cristales de las casitas situadas junto a la playa o en las alturas.
—Empiezo a creer que por esta noche no seremos molestados —dijo Córdoba.
—¿Por qué? —dijo la marquesa.
—No viendo elevarse ningún penacho de humo, que serÃa muy visible incluso desde una gran distancia, con una luz tan clara, se marcharán sin mandar a tierra las chalupas.
—Son astutos los yanquis —respondió la capitana, con ironÃa.
—Ellos no saben que hemos parado las máquinas. Hemos tenido una gran idea que nos salva de la captura, y quizá también de la muerte.