La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Unas potentes pisadas, el paso basculante de un hombre de mar que calzaba indudablemente las gruesas botas de los marineros, retumbó entre las tinieblas saturadas de humedad, haciendo resonar sordamente el entablado de la toldilla, después, un hombre apareció en el cerco luminoso proyectado por un fanal suspendido de la grúa de popa.
El recién llagado era un hombre de unos cuarenta años, estatura más bien baja, todo nervio y músculos, con un rostro anguloso, bronceado por el sol de la zona tórrida y por el salitre del aire marino, uno de esos tipos que es frecuente encontrar en las orillas del golfo de Vizcaya.
Sus ojos negrÃsimos, de redondas pupilas, se cerraron un momento, como si hubiera quedado deslumbrado por aquella luz imprevista, y después dijo, arrastrando ligeramente las palabras:
—¿Desea algo, mi capitana?
—¿Tenemos la presión necesaria?
—SÃ, doña Dolores.
—¿Todo está dispuesto?
—Todo.
—¿Las escotillas?
—Cerradas herméticamente.
—¿Bien estibadas las armas y municiones?
—He revisado la cala, antes de dar la orden de cerrar.