La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —¿Las bombas?
—Dispuestas para funcionar.
—¿Están en sus puestos los artilleros?
—Han destapado ya la pieza del doce y las ametralladoras.
—¿Has descubierto algo en el agua?
—Nada hasta ahora.
—Quizá nuestros temores eran infundados.
—Dios lo quiera, doña Dolores.
—Señor VizcaÃno, nos disponemos a partir.
—Os auguro buena fortuna, marquesa: la patria os estará siempre reconocida.
—Mis saludos al cónsul.
—Sed prudente. Sois demasiado bella y demasiado joven para morir.
Una risa argentina fue la respuesta.
El llamado señor VizcaÃno se quitó su ancho sombrero mexicano, hizo una inclinación y desapareció después en la oscuridad.
La voz de la capitana, una voz lÃmpida, metálica, resuelta, tronó:
—¡Soltad los cables!
—Un momento, doña Dolores —dijo Córdoba.
—¿Qué pasa, amigo?
—¿No habéis oÃdo como el ronquido de un pequeño motor?
—¿Dónde?