La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Que un tiburón me parta en dos, si comprendo algo de vuestros proyectos.
—¡Comprenderás mañana, si el encuentro ocurre! ¡Buenas noches, amigo! Vigila atentamente y si sucede alguna novedad, manda llamarme en seguida.
—No dudéis, doña Dolores. No dejaré el puente.
Mientras la marquesa se retiraba a su camarote, el yate habÃa rebasado la última de las islas Jolbos y corrÃa a lo largo de la costa yucateca, manteniéndose sin embargo a una considerable distancia por temor a los bancos arenosos que se encuentran en gran cantidad por aquellos contornos.
El crucero habÃa ya desaparecido completamente y sobre el horizonte luminoso no se veÃa ni el penacho de humo. No era posible saber con precisión el rumbo que habrÃa tomado, pero Córdoba sospechaba con bastante razón que debÃa haber doblado hacia el sur para investigar el estrecho.
Toda la noche el yate navegó a la velocidad de cinco o seis nudos, con la brisa que se habÃa vuelto más ligera, y al dÃa siguiente, hacia las ocho, en el momento en que la marquesa subÃa a cubierta, los hombres de cuarto avistaban el cabo Catoche, cuya extremidad, muy alta, destacaba limpiamente sobre el brillante mar que iluminaba el sol.