La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan —Dirijámonos, pues, hacia el sur y que Dios nos proteja —concluyó la marquesa.
El yate, conducido por la robusta mano de un hercúleo piloto, navegaba hacia el cabo, impulsado por una ligera y fresca brisa matinal que soplaba de poniente.
En aquel momento, la costa del Yucatán no distaba más de dos millas y aparecía casi desierta. Únicamente de vez en cuando, pero muy distanciados, se veían algunos grupos de cabañas situadas al fondo de las pequeñas ensenadas y alguna canoa, tripulada probablemente por pescadores indios.
En cambio no se veía ningún velero ni vapor, aunque la tripulación otease en todas direcciones.
Hacia las diez, el yate, después de haber rebasado felizmente un gran banco rocoso que defendía la costa de los rudos besos del mar, doblaba el cabo Catoche, lanzándose en las azules aguas del estrecho de Yucatán.
El temor de encontrarse imprevistamente frente al crucero visto durante la noche, había hecho acudir a cubierta a casi toda la tripulación; quedando tranquilizados, puesto que ninguna nave, por lo menos en aquel momento, se divisaba en la línea del horizonte.
Mirando en cambio hacia oriente se perfilaban, como una ligera niebla, las altas montañas de Cuba.