La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Miró durante algunos instantes a los marineros que descendían por la escotilla de proa, y después agregó sonriendo:
—Vamos a hacer la toilette.
Dicho esto, siempre tranquila y sonriente, aquella admirable mujer atravesó la cubierta sin prisa y descendió al interior, mientras Córdoba murmuraba:
—¡He aquí una mujer que vale mil capitanes!…
Mientras, el cocinero de a bordo, ayudado por dos mozos, se apresuraba a preparar la comida; por la raya del horizonte se veía ya subir claramente el penacho de humo del crucero americano.
Los yanquis ya debían haber descubierto el yate y se apresuraban a acudir para ordenar que se detuvieran y proceder luego a una inspección, en el caso de que tuvieran alguna sospecha.
Córdoba, después de haber hecho preparar la mesa, entre el palo mayor y el de mesana, se había dirigido a proa para vigilarlos movimientos del formidable adversario.