La capitana del Yucatan
La capitana del Yucatan Aunque tuviese confianza en la marquesa, conociendo su intrepidez y su astucia, el valiente marinero no se sentÃa completamente tranquilo, sobre todo porque no conocÃa los designios de ella y no lograba comprender qué relaciones pudiesen existir entre la comida y los yanquis que corrÃan tras el yate con la malvada intención de capturarlo o por lo menos de visitarlo, lo que venÃa a ser lo mismo.
Si aquellos obstinados se hubieran decidido, una vez a bordo, a proceder a un registro de la bodega, todo habrÃa acabado, porque la marquesa no habrÃa dudado un instante en hacerlos volar con los dos torpedos que tenÃa escondidos.
—¡Hum…! —murmuró el lobo de mar, siguiendo el hilo de sus pensamientos—. Creo que doña Dolores se ha equivocado al apagar los fuegos y esconder la artillerÃa. Ahora habrÃamos podido escapar haciendo correr al maldito crucero.
Apuntó el anteojo y miró al mar. El barco de guerra avanzaba rápidamente moviéndose en derechura hacia el yate. No distaba más de seis millas y con su velocidad, que no debÃa ser inferior a los dieciséis nudos, dentro de poco se encontrarÃa a tiro de fusil.