La capitana del Yucatan

La capitana del Yucatan

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Con el catalejo se le distinguía ahora en todos sus detalles. Era una de aquellas grandes y pesadas naves, repleta de torres blindadas y baterías, que se llaman monitors, barcos un poco anticuados a decir verdad, bien armados sin embargo, y que los Estados Unidos usaban como guardacostas; estos monitors a pesar de todo habían sido enviados a las aguas de Cuba para el bloqueo.

Debía tener por lo menos cinco mil toneladas de arqueo; llevaba dos mástiles provistos de anchas cofas probablemente armadas de ametralladoras para defender el barco de los ataques de los torpederos, tenía dos chimeneas que eructaban torrentes de humo negro mezclado con brillantes escorias, y sobre el puente, sobre el castillo de proa y junto a las torres se divisaban numerosos marineros que parecían ocupados en apuntar alguna pieza de artillería.

—Es una ballena —dijo Córdoba—. Nosotros en comparación parecemos pequeños delfines. No debe medir menos de ochenta metros de eslora y tendrá cañones de doscientos sesenta y ocho milímetros, estoy seguro de no engañarme.

—Que guardarán sus balas para otra ocasión, ¿no es verdad, Córdoba? —dijo una voz detrás de él.

Córdoba se volvió y no pudo retener un grito de admiración; doña Dolores ya no estaba vestida de capitana.


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