La ciudad del oro
La ciudad del oro —Pero ten en cuenta, joven, que si se presentan los indios tendrán que habérselas con los pecaris, y si los pecaris se distancian un poco podremos recobrar nuestras armas.
—Mire, doctor; los pecaris se ponen en fila como si fueran a sostener un verdadero asalto.
—¡Calla! — dijo Velasco, agachándose y aguzando el oÃdo, como si tratase de recoger vagos rumores. Permaneció escuchando unos minutos con profunda atención y se irguió de repente.
—¿No oyes nada, Alfonso? — preguntó. —DirÃase que avanza por la selva un ejército de reptiles. Oigo chasquidos extraños, como si estuvieran funcionando miles de sierras agudas o tenazas.
—Es verdad — dijo el doctor sintiendo un escalofrÃo.,
—¿Qué es?
—Amigo mÃo, huyamos del peligro de ser devorados vivos.
—Pero, ¿por quién?
—Por las hormigas.
Al oÃr esto Alfonso lanzó una sonora carcajada.
—¿Te rÃes? — exclamó el doctor.
—¿Cómo no he de reÃrme?... ¡ Tener miedo a las hormigas ?... ¡Bah?... ¿Querrá usted decirme que son capaces de comernos?