La ciudad del oro

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—¡Vaya una cantidad de carne deliciosa! — exclamó don Rafael, complacido. 

—iMirad! — gritó el doctor. 

El manatí volvía a aparecer en la superficie, ensangrentando el agua. Resoplaba, lanzaba rugidos sordos, agitaba febrilmente la larga cola y las aletas pectorales, se estremecía y se retorcía, como si quisiera sacarse las balas que tenía dentro del cuerpo.

 Â¡Otra descarga! —ordenó don Rafael—. Estos animales son duros de matar. 

Retumbaron otras tres detonaciones simultáneamente, como un solo disparo. El manatí, herido gravemente, dio un postrero y desesperado salto y quedó sin vida, medio sumergido en la corriente. Acercada la chalupa, lo ató a estribor Yaruri con una gruesa cuerda.

—He aquí ochocientos kilos de carne suculenta, cobrada en cinco minutos — dijo el doctor. 

—Pero la hemos cobrado en mal momento, Velasco —repuso don Rafael—, No olvidemos los indios que nos preceden. 

—¿Y va usted a abandonar toda esta carne a los caimanes? 

—No podemos perder tiempo. Nos llevaremos un buen trozo y tendremos bastante. Manos a la obra, Yaruri. 

—Pero, ¿es realmente tan exquisita esta carne? — preguntó Alfonso.


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