La ciudad del oro

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—Larvis, especie de guisantes, pero más gordos que los nuestros y también mejores, como ve usted. Esas bolas de pulpa del grueso de un dedo pulgar son papas y servían de pan a los indios; estas raíces pequeñas, que están secas al sol y que son más dulces que el azúcar, se llaman tocas, y esas batatas encarnadas, amarillas, negras y blancas, cada una de las cuales tiene distinto sabor, se llaman upicus. 

—¿Y estos tubérculos? 

—Son cuchuchus, especie de trufas, y esos otros son inchis, que saben a almendras, y que comidas crudas producen un fuerte dolor de cabeza. En cambio, cocidos son sanísimos. 

—¿Y este líquido? 

—Es cerveza de maíz. 

—Y esos dos hombres, ¿quiénes son? — preguntó Alfonso. 

El doctor y don Rafael alzaron la cabeza. Dos indios habían entrado silenciosamente por una puerta lateral y se habían quedado delante de los prisioneros con los brazos cruzados sobre el pecho y la sonrisa en los labios. 

Don Rafael se puso en pie de un salto, lanzando un grito de estupor, y después se abalanzó hacia ellos con el puño crispado, exclamando:

—¡Tú, Manco !... ¡Tú, Huaynal... 


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