Los dos tigres
Los dos tigres »El rajá tiró al aire una rupia. Se oyó un disparo: la bala no agujereó la moneda, pero sí el pecho del asesino.
»Sindhia, que así se llamaba el joven príncipe, en vez de apuntar a la rupia, había vuelto rápidamente el arma contra el loco, y le había matado con la rapidez del rayo, atravesándole el corazón.
»Los ministros y los oficiales se prosternaron ante el joven que había libertado al país de aquel monstruo, y le aclamaron rajá.
»Cuando se enteró de que yo también había escapado de la muerte, aquel hombre, que debía tener el alma tan perversa como su hermano, en vez de llevarse a los Estados y a las tribus de mi padre, hizo que me vendieran secretamente a los thugs, que recorrían el país en busca de bayaderas, y se apoderó de todos mis bienes.
»Me condujeron a los subterráneos de Raimangal, donde recibí la educación que dan a las bayaderas, y enseguida me destinaron a la pagoda de Kali y Darma-Ragiae.
»Esta es mi historia, sahib blanco. Sé que he nacido cerca de las gradas de un trono, y que ahora ya no soy más que una miserable bailarina.
—¡Qué drama tan espantoso! —dijo una voz.