Los dos tigres
Los dos tigres Yáñez y Surama se volvieron. Sandokán y Tremal-Naik, que habÃan entrado silenciosamente en el camarote, hacÃa ya varios minutos que estaban escuchando a la joven.
—¡Pobre niña! —dijo Sandokán, acercándose—. No has nacido bajo buena estrella, pero nosotros pensaremos en tu porvenir. ¡El Tigre de Malasia no abandona a sus amigos!
—¡Sois muy buenos! —contestó Surama, cuya voz temblaba todavÃa.
—Ya no volverás a estar entre los thugs, y dejarás de ser bailarina. Desde ahora quedas bajo nuestra protección.
Después, cambiando bruscamente de tono, añadió:
—¿Tú sabes, muchacha, si los thugs tienen barcos? —preguntó.
—No lo sé, sahib —contestó la joven—. Cuando estaba en Raimangal he visto algunas chalupas navegando por los canales de los Sunderbunds; pero barcos grandes, no.
—¿Por qué haces esa pregunta, Sandokán? —inquirió Yáñez.
—Acaban de anclar dos grabs cerca de nosotros.
—¿Y qué tiene eso de extraordinario?
—Esas dos naves tienen una tripulación excesivamente numerosa, lo cual me hace sospechar.