Los dos tigres

Los dos tigres

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—Y a mí me sucede lo mismo —dijo Tremal-Naik—. Los pequeños cañones de bronce que tienen a popa no los he visto nunca a bordo de los grabs ni de los praos.

—No los perderemos de vista —contestó Yáñez—. Sin embargo, tal vez os equivoquéis. ¿Llevan carga esos barcos?

—No —dijo Sandokán.

—Suponiendo que sean de los thugs, no pueden intentar nada contra nosotros; por lo menos mientras estemos bajo el tiro de la artillería del fuerte William. De momento nos contentaremos con vigilarlos y prepararemos nuestra expedición Surama ya puede andar y guiarnos hasta esa pagoda vieja, ¿verdad, muchacha?

—Sí, sahib; yo os guiaré.

—¿Tenemos que remontar mucho el río? —preguntó Sandokán.

—La pagoda está a unas siete u ocho millas de los últimos arrabales de la ciudad negra.

—Ya son las seis; podemos ponernos en marcha para escoger el sitio, antes de que lleguen los thugs. Ya están preparadas las dos chalupas y debajo de los bancos van escondidos los fusiles.

—¡Pues andando!

Alargó a Surama un amplio manto de seda oscura, que por su parte posterior llevaba una capucha, y salieron todos a cubierta.


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