Los dos tigres

Los dos tigres

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Las chalupas ya estaban en el agua y veinticuatro hombres escogidos entre los malayos y los dayakos ocupaban su lugar correspondiente en los bancos.

—¿Los ves? —preguntó Sandokán a Yáñez, indicándole los grabs, que habían anclado a pocos metros del prao, uno a babor y el otro a estribor.

El portugués les echó una mirada de reojo. Eran dos veleros sólidos, de tonelaje algo inferior al del Mariana, con la proa acabada en punta y con tres palos muy altos; tenían la popa bastante elevada y llevaban grandes velas latinas, que todavía no habían arriado sobre cubierta.

Los marineros, todos ellos hindúes, estaban ocupados en aquel momento en cobrar las cadenas para asegurar mejor el anclado, y eran muy numerosos para tripular unos veleros tan pequeños y tan fáciles de manejar.

—Puede que tengan algo de sospechoso esos barcos —dijo Yáñez—. Pero, por ahora, no debemos preocuparnos por ellos.

Bajaron a la chalupa mayor y se alejaron rápidamente, seguidos de la otra, que guiaban Tremal-Naik y Sambigliong.

Pasaron como flechas por entre las embarcaciones, y luego por delante de la ciudad blanca; después, por delante de la ciudad negra, y continuaron su carrera hacia el septentrión, siguiendo los serpenteos y recodos del río sagrado.


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