Los dos tigres

Los dos tigres

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Dos horas más tarde, Surama indicaba a Yáñez y a Sandokán una especie de pirámide truncada que se erguía en la orilla derecha del río, en medio de un bosquecillo de cocoteros, el cual terminaba en una manigua de gigantescos bambúes.

El lugar donde se hallaban estaba completamente desierto, pues no se veían cabañas en las márgenes del río, ni tampoco embarcación alguna que navegase por los alrededores.

Tan sólo algunas docenas de marabúes paseaban por entre las plantas palúdicas, abriendo de cuando en cuando su monstruoso pico, de forma de embudo.

Después de haberse asegurado que no había nadie, los veinticuatro piratas y su jefe saltaron a tierra con las carabinas, que hasta entonces habían llevado ocultas.

—Esconded las chalupas por entre las plantas —dijo Sandokán— y que cuatro hombres permanezcan de guardia. Los demás, seguidme.

—Surama —dijo Yáñez—, ¿quieres que te lleven en brazos nuestros hombres?

—No, sahib blanco; puedo caminar —contestó la joven.

—¿A qué hora se verificará el oni-gomon?

—A eso de la medianoche.


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