Los dos tigres
Los dos tigres —Ya no podÃa resistir más —dijo Yáñez, tirando el cigarrillo—. ¡Vaya tormentos que han inventado estos diablos!
Inmediatamente bajaron al manti, y le libertaron del nudo corredizo y de los cordeles. Alrededor del vientre tenÃa un profundo surco azulado, que sangraba por diversas partes.
Los malayos tuvieron que permitir que se sentara, porque ya no podÃa sostenerse en pie.
Respiraba entrecortadamente y tenÃa el rostro congestionado.
Tremal-Naik esperó durante algunos minutos a que tomase aliento, y después volvió a decir:
—Te advierto que permanecerás en nuestro poder hasta que tengamos la prueba de que no nos has mentido. Si has dicho la verdad, quedarás libre y te recompensaremos largamente; por el contrario, si nos has engañado, no respetaremos tu vida, y morirás en medio de espantosas torturas.
El manti le miró sin hacer el menor gesto, pero en sus ojos brillaba un odio terrible.
—¿Dónde está la entrada de los subterráneos? ¿TodavÃa cerca del baniam? —preguntó Tremal-Naik.
—Eso no puedo decÃrtelo, porque yo no he estado en Raimangal después de la dispersión de los sectarios —contestó el manti—; pero creo que ya no es esa.
—¿Dices la verdad?