Los dos tigres

Los dos tigres

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Mirines de poco alcance. Sus proyectiles no harán gran daño al casco de nuestro buque —respondió despectivamente Sandokán—. Ya conocemos esa clase de artillería, ¿verdad, Yáñez?

—¡Son simples juguetes! —contestó el portugués—. ¡Ah! ¿Ves cómo avanzan? ¡Procuran cogernos en el centro!

—Manda echar un anclote a proa —dijo Sandokán— sin cadena; sólo con un cable, el cual cortaremos de un tajo. Procuraremos engañar a esos canallas.

Los dos grabs embocaban ya en el canal y avanzaban lentamente, con parte del velamen amainado bajo las cofas.

Uno de ellos iba casi rozando la playa del islote; el otro se dirigía hacia tierra firme. Por aquella maniobra se comprendía fácilmente que se proponían coger entre dos fuegos al prao, el cual se hallaba en aquel momento en el centro del canal.

En la toldilla de ambas embarcaciones reinaba cierta agitación. En la proa y en la popa de los respectivos barcos se veía ir y venir a los marineros, muy ocupados, como si estuvieran levantando barricadas para defenderse mejor de la artillería enemiga; otros conducían objetos que parecían muy pesados, a juzgar por el número de hombres que había en derredor.


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