Los dos tigres
Los dos tigres Sandokán, muy tranquilo, como si todo aquello no le importara, vigilaba con mirada atenta los movimientos de los dos barcos, en tanto que Yáñez inspeccionaba las culebrinas y mandaba que preparasen los útiles del abordaje para que todo estuviese dispuesto para abordar al adversario en caso de necesidad.
Apenas oscureció y comenzó a asomar la luna por entre las copas de los árboles que bordeaban las orillas, los grabs, dando unas bordadas, se acercaron hasta unos trescientos pasos del prao, cada uno por un lado, de modo que le cogÃan en medio.
Casi inmediatamente se oyó una voz que provenÃa del grab más próximo, que gritaba en inglés:
—¡RendÃos; de lo contrario, os echaremos a pique! Sandokán, que ya tenÃa en la mano el megáfono, se lo llevó a la boca rápidamente y dijo:
—¿Quiénes sois para hacemos semejante intimación?
—¡Barcos del Gobierno de Bengala! —contestó la primera voz.
—¡Entonces haced el favor de enseñarnos vuestra documentación! —respondió Sandokán con ironÃa.
—¿No queréis obedecer?
—Por ahora, no.
—¿Me obligaréis a hacer fuego?
—¡Hazlo si quieres!