Los dos tigres
Los dos tigres Al oÃr esta respuesta, se oyeron gritos enfurecidos procedentes de las cubiertas de ambas naves.
—¡Kali!… ¡Kali!…
Sandokán dejó el megáfono y desenvainó la cimitarra.
—¡Vamos, tigres de Mompracem! —gritó Sandokán—. ¡Cortad la cuerda y abordemos!
Al grito de los thugs replicó la tripulación del Mariana con un grito de guerra más salvaje y más terrible que el de los hindúes.
La cuerda del anclote fue cortada de un solo tajo y el prao volvió a encontrarse libre, dirigiéndose resueltamente contra el grab, que se encontraba junto a la orilla del islote.
De improviso resonó un cañonazo, cuyo estampido retumbó largamente bajo los árboles de la playa de la orilla opuesta.
El grab habÃa abierto el fuego con su pequeño cañón de proa, creyendo, sin duda, sus artilleros, que hendirÃan con facilidad los costados del prao; pero este tenÃa el casco recubierto con planchas metálicas, que resultaban más que suficientes para hacer inútiles aquellas balas tan pequeñas.
—¡Ahora vosotros, tigrecitos! —gritó Sandokán, que se habÃa puesto al timón para guiar el velero.