Los dos tigres
Los dos tigres A esta orden siguió una descarga de carabina. Los piratas, que hasta entonces habían permanecido ocultos tras las amuras, se pusieron en pie y abrieron un fuego violentísimo sobre la cubierta del grab, mientras los artilleros hacían girar con rapidez sobre sus pernos las culebrinas grandes para barrer la cubierta del barco enemigo.
El combate había empezado con gran empuje por ambas partes, y ya habían caído algunos hombres en el grab y en el Mariana; pero muchos más en el primero.
Los piratas, que ya estaban muy acostumbrados a la guerra, disparaban siempre sobre seguro, mientras que los thugs hacían fuego a boleo.
Sandokán, que permanecía impasible ante aquella granizada de balas que golpeaban los costados de su pequeña pero fortísima nave, que agujereaban las velas e imposibilitaban la maniobra, animaba incesantemente a sus hombres.
—¡Apuntad bajo, tigres de Mompracem! ¡Demostremos también a esos hombres cómo se baten los hijos de la salvaje Malasia!
Sin embargo, no había necesidad de animar a aquellos temibles merodeadores de los mares, crecidos entre el humo de la artillería y curtidos en cientos de combates.