Los dos tigres
Los dos tigres Volvió a reanudarse el fuego de los mirines, que habÃa sido suspendido durante algunos momentos para no alcanzar al otro velero, que se encontraba en la lÃnea de tiro, y se repitieron las descargas de fusilerÃa, entre los gritos ensordecedores de los thugs.
Cuando Sandokán vio el encarnizamiento del enemigo, a pesar de que casi lo habÃa vencido, lanzó un grito de furor.
—¡Ah! —dijo—. ¿TodavÃa quieres perseguirme? ¡Esperad un momento! ¡Tremal-Naik!
El bengalés, que se hallaba ocupado en organizar un servicio de cubas, sin preocuparse de las balas que caÃan como granizo sobre la cubierta, al oÃr el llamamiento del Tigre de Malasia acudió inmediatamente.
—¿Qué quieres?
—Tú y Kammamuri encargaos de dominar el incendio. Sacad al puente a Surama y a la viuda, porque están encerradas en el camarote. Te doy veinte hombres. Los demás se quedan conmigo.
Después de pronunciar estas palabras se lanzó hacia la popa, adonde habÃa mandado a Yáñez que llevaran las piezas de artillerÃa de proa para contestar al fuego de los mirines.
—¡Hazme sitio, Yáñez! —le dijo—. ¡Desmontaremos esa nave!