Los dos tigres

Los dos tigres

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Yáñez miró a Surama; la joven bayadera se había puesto muy pálida. Pero, sin embargo, conservaba una calma admirable.

—¿Tienes miedo? —le preguntó.

—Al lado del sahib blanco, no —contestó la muchacha.

—No temas; estamos curtidos en estas grandes cacerías y conocemos a los tigres.

Las dos fieras habían vuelto a esconderse entre las cañas y los cálamos y parecía que, al menos por el momento, habían tomado el partido de alejarse, porque los ladridos de «Punty» se oían ahora muy lejanos.

—Haz avanzar al elefante —dijo Tremal-Naik al cornac.

El comareah había recobrado ánimos, porque enseguida apretó el paso. A pesar de ello, no acababa de sentirse seguro, a juzgar por sus temblores y por los berridos que lanzaba de vez en cuando.

Tremal-Naik y sus compañeros, inclinados sobre los bordes de la caja del houdah y con los fusiles preparados, escrutaban atentamente las altas hierbas, tratando de descubrir a las fieras, que no se mostraban por parte alguna.

De pronto, los ladridos de «Punty» resonaron a la derecha, a pocos pasos del elefante.

El molango dio un grito:


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