Los dos tigres

Los dos tigres

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Los malayos que montaban sobre el segundo elefante, viéndole caer entre la hierba, hicieron fuego sobre él, aun a riesgo de herir las patas traseras del comareah; pero ya el bâg había desaparecido por entre los bambúes.

Durante algunos instantes vieron moverse las cañas; después, nada.

—¡Ha huido! —dijo Sandokán, cargando precipitadamente la carabina.

—¡Y yo digo que se prepara para atacarnos de nuevo! —dijo Tremal-Naik—. ¡Estoy seguro de que se nos acerca arrastrándose!

—¡Qué impulso tiene esa fiera! —exclamó Yáñez—. ¡Por un momento creí que nos iba a caer encima; ya me parecía sentir sus garras clavadas en el cerebro!

—¡Procuraremos no fallar! —dijo Tremal-Naik.

—Desde el lomo de un elefante no se tira muy bien —respondió Sandokán. No sé cómo pude herirle, con las sacudidas que daba el paquidermo.

—Tenía el baile de San Vito —dijo Yáñez—. Aunque lo cierto es que yo tampoco estaba completamente tranquilo. Se puede ser valiente y tener una buena dosis de sangre fría; pero delante de esos animalitos, la tranquilidad desaparece.

—Se trata de no dejar el pellejo entre sus garras —respondió Sandokán.


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