Los dos tigres
Los dos tigres El cornac, que les vio apuntar, les recomendó que bajasen las armas, y añadió:
—¡Dejen ustedes al comareah!
El elefante desarrolló la formidable trompa y volvió a arrollarla en torno al cuerpo del tigre, sujetándole por las patas e imposibilitándole de tal modo que no pudiera hacer uso de las temibles garras.
Le hincó el colmillo y, con una fuerza irresistible, le destrozó las costillas; luego le lanzó por los aires, haciéndole voltear un momento, y enseguida le arrojó con tal violencia sobre el suelo, que la fiera quedó completamente inmóvil.
Antes de que esta tuviera tiempo de volver en sí, el comareah le había puesto una de sus poderosas patas sobre el cuerpo. Se oyó un crac, y después, un tremendo aullido que resonó como una trompa de guerra. Con aquel grito, el elefante anunciaba su victoria.
—¡Valiente elefante! —gritó Sandokán—. ¡A eso se le llama un buen golpe!
—¡Bajemos! —dijo Yáñez.
—¡Que nadie se mueva! —ordenó Tremal-Naik—. ¡Ahí viene el otro! ¡Atención!
En efecto; el segundo tigre, que había logrado escapar de los tiros de los malayos, saltaba a través de las cañas con pasmosa agilidad, dando saltos de cinco y seis metros.