Los dos tigres
Los dos tigres El felino estaba a unos treinta metros de distancia, con el hocico vuelto hacía el elefante y el pecho descubierto.
El portugués le apuntó unos instantes, mientras el cornac conseguía mantener quieto al elefante, e hizo fuego.
El bâg se levantó un momento, abrió las fauces y enseguida rodó como fulminado. La bala le había roto una costilla, atravesándole luego el corazón.
—¡Un tiro de gran cazador! —gritó Tremal-Naik—. ¡Cornac, echa la escala y vamos a recoger esa soberbia piel!
Como medida de precaución volvieron a cargar las carabinas, pues podía darse el caso de que hubiera otro tigre por allí cerca, y luego descendieron, dirigiéndose hacia los cálamos.
El primer tigre había quedado reducido a una masa informe de carne y de huesos triturados por las pesadas patas del comareah. La piel, rota por varios sitios, ya no servía para nada.
El segundo no tenía más que tres agujeros. Además de la herida que le había producido la muerte, recibió un balazo en el dorso y otro en el costado derecho.
Era un ejemplar de los más hermosos que los cazadores habían visto en su vida.