Los dos tigres
Los dos tigres —¡Despacio! —dijo Sandokán—. ¡ExplÃcate mejor! Por mucho que huyan, nosotros les alcalizaremos con el comareah: tenemos tiempo.
—La ráfaga que nos embistió a todos, me empujó a unos doscientos o trescientos pasos de mi elefante…, arrojándome en medio de una mata de mináis, que aminoró el golpe de mi caÃda.
»Apenas me habÃa puesto en pie y cuando iba a correr en ayuda de ustedes, oà en el campamento gritos de mujer pidiendo socorro.
Suponiendo que la muchacha se hallaba en peligro y al no verles a ustedes, me dirigà corriendo hacia aquella parte.
»Antes de que hubiese podido llegar, vi a cinco animales, cinco nilgós que salÃan de detrás de ese muro de barro, que tiraban las pieles… y aparecÃan unos hombres desnudos, que llevaban a la cintura el lazo de los estranguladores.
»Dos de ellos, armados con anchos sables, se lanzaron sobre mi elefante, y con sólo dos tajos le cortaron los tendones de las patas traseras; los otros se fueron a los houdah, entre los cuales se habÃa refugiado Surama, a quien el cuerpo del merghee habÃa protegido hasta entonces contra el viento.
»Cogerla, atarla con dos lazos y llevársela, fue todo cosa de un abrir y cerrar de ojos.