Los dos tigres
Los dos tigres »La desgraciada no tuvo tiempo más que para gritar:
»—¡Socorro, sahib!
—Hemos oĂdo ese grito —dijo Yáñez—. ÂżY despuĂ©s?
—DespuĂ©s me lancĂ© detrás de los fugitivos, llamando como un desesperado al perro y al tigre, a los cuales habĂa visto rodar entre las cañas y las ramas por cerca del campamento y caer juntos.
»El perro fue el primero que acudiĂł a mi llamada; pero ya los thugs, que corrĂan como antĂlopes, habĂan desaparecido.
»Sin embargo, continué persiguiéndolos, precedido por el perro y seguido poco después por el tigre.
»Pero todo fue en vano. La tierra, empapada de agua, impedĂa que “Punty” pudiese olfatear las pisadas de los thugs.
—¿Qué dirección han tomado? —preguntó Sandokán.
—HuĂan hacĂa el Sur.
—¿Crees tú, Tremal-Naik, que hayan podido reconocer en Surama a una de las bayaderas?
—Sin duda alguna —contestĂł el bengalĂ©s—. De no haber sido asĂ, no habrĂan vacilado en estrangularla, para ofrecer una vĂctima a su monstruosa divinidad.