Los dos tigres
Los dos tigres —Entonces, entre esos thugs debÃa de haber alguno que la conociera.
—Yo creo que esos hombres vienen siguiéndonos desde la noche en que asistimos a la fiesta del fuego.
—Sin embargo, hemos tomado todas las precauciones posibles para que no nos espiasen.
—Sospecho una cosa —dijo Yáñez.
—¿Qué?
—Que algunos hombres que formaban parte de la tripulación de los grabs hayan tomado tierra al mismo tiempo que lo hicimos nosotros, y que desde entonces no nos han perdido de vista. De lo contrario, ¿cómo se explica esta continua persecución?
—Creo que tienes razón —dijo Sandokán.
Se quedó unos instantes silencioso, y después añadió:
—Parece que el ciclón tiende a calmarse, ya que las ráfagas disminuyen rápidamente. Organicemos la persecución de los raptores. Cornac, ¿podrá llevarnos a todos tu elefante?
—No, señor; es imposible.
—¿Quieres un consejo, Sandokán? —preguntó Tremal-Naik.
—Di.
—Dividamos nuestras fuerzas. Nosotros daremos caza a esos bandidos con el comareah, y tus malayos nos esperarán en las orillas del canal de Raimatla.