Los dos tigres
Los dos tigres —SÃ, sahib —contestó el conductor—. Únicamente necesito que pongan a mi disposición algunos kilogramos de azúcar, y verá cómo el comarcan no deja de trotar.
El elefante seguÃa galopando de un modo admirable, sin necesidad de que su conductor se viera precisado a aguijonearle, y a pesar de que el terreno se prestaba poco para un corredor tan pesado, puesto que seguÃa siendo pantanoso.
En menos de dos horas atravesó el espacio que el ciclón habÃa devastado y llegó al junglar meridional, que no ofrecÃa el menor aspecto de haber sufrido daños a causa del viento.
Los gigantescos bambúes habÃan vuelto a aparecer, asà como los cálamos y la espesÃsima maleza formada de mináis y otras altas hierbas, grupos de pipales, palmeras tara y latanios, que crecÃan en las orillas de los estanques.
Al cabo de una hora, el elefante, que no habÃa cesado de trotar, se metÃa por en medio de una gran plantación de bambúes espinosos y de bambúes tulda de extraordinaria altura.
—¡Abramos los ojos! —dijo Tremal-Naik—. Este es un lugar muy a propósito para las emboscadas, y cualquiera podrÃa matamos con facilidad al elefante, con sólo un tajo de tarwar[22a], inferido en las patas posteriores.