Los dos tigres
Los dos tigres Pero nada ocurrió ni amenazó al elefante ningún peligro.
Cuando ya estaba próxima la puesta del sol, Sandokán dio la orden de hacer alto, para que el valiente animal descansara un poco, pues comenzaba a dar señales de cansancio, y aprovecharían, además, para preparar la cena.
Por otra parte, todos tenían necesidad de un poco de tregua, pues las incesantes y bruscas sacudidas del houdah les habían dejado los huesos molidos.
El cornac, que deseaba ganar las cincuenta rupias que le prometiera Sandokán, recolectó gran cantidad de hojas de bar, de ramas de pipal y de hierba typla, la cual es muy apreciada por los elefantes, y le dobló la ración de ghi y de azúcar, para que el paquidermo conservara sus energías.
A las nueve, el comareah, ya bien alimentado y confortado con una botella de ghi, que bebió de un solo tirón como si fuese agua, volvió a emprender el trote, haciendo trizas las grandes masas de vegetación que se oponían a su paso.
Ya comenzaba a dejarse sentir la influencia del aire marino. Una brisa bastante fresca, impregnada de salitre, procedente del Sur, indicaba la proximidad de las inmensas lagunas que se extienden entre las costas del continente y la multitud de islas e islotes que forman los Sunderbunds.