Los dos tigres
Los dos tigres —Dentro de un par de horas, o quizá antes, llegaremos a las orillas del mar —dijo Tremal-Naik.
—¡Pero no hemos pensado en una cosa! —exclamó, de pronto, Yáñez—. Si el prao cruza por el canal de Raimatla, ¿cómo vamos a llegar hasta él, sin tener ninguna chalupa?
—¿No hay ninguna aldea de pescadores en las orillas? —preguntó Sandokán.
—Las hubo —contestó Tremal-Naik—, pero los thugs han destruido las cabañas y matado a sus habitantes, No queda más que la pequeña estación de Port-Canning, y esta está demasiado lejos; yendo en su búsqueda, perderÃamos un tiempo precioso.
—Pues construiremos una balsa —dijo Sandokán—. Los bambúes son a propósito para eso.
—¿Y el elefante? —preguntó Yáñez.
—El cornac se encargará de conducirlo al lugar en donde hemos citado a los malayos —respondió Tremal-Naik—. Se puede… ¡Oh!
Un aullido muy agudo rompió de pronto el silencio que reinaba en la manigua.
—¿Un chacal? —preguntó Sandokán.
—¡Bien imitado! —respondió Tremal-Naik, levantándose de un salto.
—¡Cómo! ¿No crees que haya sido un chacal auténtico?