Los dos tigres
Los dos tigres —¿Qué piensas tú, cornac, de ese aullido? —preguntó Tremal-Naik, volviéndose hacia el conductor del comareah.
—Que alguien ha procurado imitar a esa fiera —respondió el aludido, con inquietud.
—¿Distingues algo?
—No, sahib.
—¿Habrán venido siguiéndonos? —preguntó el francés.
—¡Cállense ustedes! —ordenó Tremal-Naik. En medio de los espesos bambúes resonó una nota metálica, seguida de algunas modulaciones.
—¡TodavÃa el ramsinga! —exclamó el bengalÃ.
—Y el que lo toca no debe de estar lejos; máximo, a unos trescientos pasos —dijo Yáñez, cogiendo la carabina y montándola rápidamente—. ¡Ya habÃa dicho yo que este es un lugar magnÃfico para las emboscadas!
—Pero esos hombres, ¿son diablos o espÃritus? —exclamó Sandokán.
—O pájaros —dijo el señor De Lussac—. Deben de tener alas para poder seguirnos continuamente.
—¡Escuchen ustedes! —exclamó Tremal-Naik.
—¡Contestan!