Los dos tigres

Los dos tigres

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A lo lejos se oyó otra nota dé ramsinga. Sonó por tres veces en tonos distintos, y enseguida volvió a reinar el silencio.

Los cuatro hombres, poseídos de una agitación vivísima, se levantaron empuñando las carabinas, y escrutaron con gran atención las altas cañas del junglar.

Pero en aquel sitio estaban espesas, y la oscuridad de la noche era tan densa, que no se podía distinguir un hombre oculto entre ellas.

—¿Nos tenderán una emboscada? —preguntó Sandokán, rompiendo el silencio—. ¿Y si detuviésemos el elefante y diésemos una batida? ¿Qué te parece, Yáñez?

El portugués no tuvo tiempo de contestar, porque de entre los bambúes salieron cuatro o cinco fogonazos, seguidos de otras tantas detonaciones, el comareah se detuvo de pronto, imprimiendo al houdah tal sacudida, que poco faltó para que no salieran despedidos todos sus ocupantes; luego hizo un rápido cuarteo, emitiendo un formidable barrito.

—¡Han tocado al elefante! —gritó el cornac. Sandokán y sus compañeros hicieron fuego en la dirección de donde partieron los fogonazos.

Les pareció oír un lamento, pero no tuvieron tiempo de confirmar su sospecha, porque el elefante se había lanzado a la carrera desesperadamente, llenando el junglar con sus espantosos barrites.


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