Los dos tigres
Los dos tigres —¡Sahib! —gritó el cornac, que tenÃa los ojos llenos de lágrimas—. ¡El elefante está herido! ¡Oiga usted cómo se queja!
—Déjalo que corra hasta que caiga muerto —contestó frÃamente Sandokán.
—¡Es una fortuna la que va usted a perder, sahib!
El Tigre de Malasia se encogió de hombros sin replicar.
El paquidermo, que debÃa de haber recibido más de un balazo, rabioso por el dolor que le producÃan, devoraba el camino con la velocidad de un caballo árabe, destrozando cuanto encontraba a su paso.
Barritaba sin cesar, e imprimÃa al houdah tan enormes sacudidas, que los cuatro hombres tenÃan que agarrarse fuertemente a los bordes y a las cuerdas para no salir despedidos.
Aquella endiablada carrera duró veinte minutos; al cabo de ellos, el comareah se detuvo.
Se hallaba en la orilla de la laguna. A juzgar por el temblor que sacudÃa todo su cuerpo, iba a morir. Sus barrites eran cada vez más débiles; pero habÃa cumplido su misión.
Los cazadores habÃan llegado al borde del junglar, y los Sunderbunds pantanosos se extendÃan ante ellos, al otro lado de la laguna.
El cornac gritó: