Los dos tigres

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Todos dirigieron la mirada en la dirección que había indicado el portugués, y vieron, en efecto, un punto luminoso de luz roja que parecía avanzar hacia la torre.

Procedía de Oriente y describía ángulos, como si la nave que alumbraba fuese dando pequeñas bordadas.

—¿Será el prao? —preguntó Tremal-Naik.

—O la ballenera —dijo a su vez Yáñez.

—A mí me parece que no es ni el prao ni la ballenera —dijo Sandokán, después de haberse fijado atentamente en aquel punto luminoso, que se distinguía con gran claridad sobre la oscura superficie de las aguas—. Tremal-Naik, ¿suelen entrar veleros en esta laguna?

—Alguna que otra barca de pescadores —respondió el bengalí—. Aunque también podrían ser náufragos. El ciclón que arrasó el junglar habrá alborotado el golfo de Bengala.

—Me alegraría mucho de que esa chalupa aproase aquí. No tendríamos necesidad de construir una balsa para ir a nuestro prao.

—Esa embarcación debe de tener velas. ¿No ves, Yáñez, cómo está bordeando?

—Y también veo que se dirige hacia este lugar —contestó el portugués—. Si pasa por delante de la torre, llamaremos su atención con algunos disparos.

—Eso es lo que vamos a hacer enseguida —dijo Sandokán—. Cuando los oigan, vendrán.


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