Los dos tigres

Los dos tigres

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Una espantosa pestilencia salía de las aguas, puesto que allí acababan de descomponerse y disolverse muchísimos cadáveres arrastrados por las corrientes de los canales de los Sunderbunds, o empujados por el flujo y el reflujo.

Por doquier se veían cabezas descamadas, dorsos con la carne hecha tiras, y piernas y brazos moviéndose en la estela que dejaba tras de sí la pinassa.

Sobre muchos de aquellos cadáveres iban muy erguidos, guardando el equilibrio con sus largas zancas, marabúes y bozzagries, que de vez en cuando daban un picotazo, arrancaban un pedazo de carne ya podrida y se la tragaban con gran rapidez.

—He aquí un cementerio flotante —dijo Tremal-Naik.

—Que produce verdaderas náuseas —respondió Sandokán—. El Gobierno de Bengala haría muy bien en mandar enterrar todos esos restos bajo tres metros de tierra. Ahorraría las epidemias de cólera que anualmente reaparecen en la capital.

—Los hindúes que quieren alcanzar el Paraíso deben ir a él por el Ganges.

—¿Es que el río desemboca allí? —preguntó Sandokán, riendo.

—Lo ignoro —contestó Tremal-Naik—; sin embargo, me parece que no. Veo que termina en el golfo de Bengala, y allí confunde sus aguas con las del mar.


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