Los dos tigres

Los dos tigres

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—En este mismo instante acaba de morir —dijo Yáñez—. ¡Pobre hombre! ¡Se le ha quedado clavado en el pecho el cuchillo de su adversario!

—¡Pero le he vengado! —exclamó Sandokán—. ¡Miserables! ¡Habían meditado perfectamente la traición, y si aún vivimos, ya podemos decir que es porque Dios lo ha querido así!

—Y nos robaron las carabinas para dejamos indefensos.

—¿Cómo sabrían que estábamos aquí?

—Eso nos lo aclarará el prisionero. ¡Limpiemos la cubierta, Sandokán!

Ayudados por Tremal-Naik, tiraron al agua los cadáveres de los thugs. El del cornac, lo depositaron en el camarote de popa, y le cubrieron con una lona para darle honrosa sepultura y librarle de los dientes de los caimanes.

Después procedieron al baldeo de la toldilla, para limpiar la sangre que manchaba las tablas. Luego orientaron las velas, pues el viento soplaba ahora del Noroeste y volvieron a poner en su sitio la barra del timón.

Enseguida arrastraron al prisionero a popa, pues era necesario dirigir la embarcación.

El thug no opuso resistencia; sin embargo, en sus ojos se leía cierta preocupación, que aumentó al verse rodeado por sus enemigos.


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