Los dos tigres
Los dos tigres —DecÃdete —dijo Tremal-Naik—; no podemos perder tiempo.
En vez de contestar, el thug miró durante algunos momentos al bengalÃ, y enseguida preguntó:
—¿Eres tú el padre de la niña? Tú eres el atrevido cazador de serpientes y de tigres del junglar negro, que robó hace mucho tiempo a la virgen de la pagoda de Oriente.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Tremal-Naik.
—El piloto de la pinassa.
—¿Y por quién lo sabÃa él?
El joven no respondió. HabÃa vuelto a bajar los ojos, y en su rostro se leÃa en aquel momento una extraña alteración, que no parecÃa producida por el miedo. En su ánimo y en su cerebro estaba liberándose un terrible combate.
—¿Qué es lo que te ha dicho ese miserable traidor? —preguntó Tremal-Naik—. ¿Es que todos vosotros sois unos canallas?
—¡Canallas! —exclamó de improviso el joven, al mismo tiempo que, a pesar de las ligaduras que le oprimÃan, se incorporó de un salto sobre las rodillas—. ¡SÃ, canallas! ¡Esa es la palabra! ¡Son cobardes! ¡Son asesinos! ¡Y yo siento verdadero horror por estar afiliado a esa odiosa secta!
Y apretando los dientes, agregó, con voz ahogada: