Los dos tigres
Los dos tigres —¡Maldito sea mi destino, que ha hecho de mÃ, del hijo de un bramin, un cómplice de sus delitos! ¡Kali o Durga, con cualquiera de los dos nombres que te invoquen, yo te maldigo, diosa sanguinaria, diosa del horror y de la destrucción! ¡Eres una falsa divinidad!
Tremal-Naik, Sandokán y los dos europeos, estupefactos ante la explosión de odio que relampagueaba en los ojos del joven, habÃan quedado silenciosos.
Comprendieron que en aquel hombre, a quien habÃan creÃdo hasta aquel momento uno de los más fanáticos y resueltos secuaces de la monstruosa divinidad, se habÃa operado en pocos segundos un cambio radical. Al cabo de irnos instantes, Tremal-Naik le preguntó:
—Entonces, ¿no eres un thug?
—Llevo en el pecho el infamante estigma de esos viles sectarios —dijo el joven, amargamente—; pero mi alma ha permanecido bramina.
—¿Representas ahora alguna comedia? —preguntó el señor De Lussac.
—¡Que no pueda entrar en el Sattia Loca[26], y que después de muerto se convierta mi cuerpo en el insecto más repugnante si mintiese! —replicó el joven.
—¿Y cómo es que te hallabas entre esos sinvergüenzas sin haber adjurado de Brahma? —preguntó Tremal-Naik.
El joven guardó silencio durante unos instantes, y después, bajando de nuevo los ojos, contestó: