Los dos tigres
Los dos tigres —Rima —dijo en aquel momento Sirdar, acercándose y señalándoles una isla que se dibujaba a proa de la pinassa—. Es la primera de las cuatro islas que ocultan la de Raimangal por Occidente. Sahib, remontemos hacia el Norte; nuestra ruta es aquella.
—Debemos huir de Port-Canning —dijo Tremal-Naik—. Puede haber algún espÃa de Suyodhana en esa estación.
—Pasaremos por el canal interior —respondió Sirdar—. Nadie podrá vernos.
—Ponte al timón.
—SÃ, sahib, será lo mejor; conduciré la pinassa.
El pequeño velero viraba de bordo pocos momentos después, doblando la punta septentrional de Rima y embocando un nuevo canal, también bastante ancho, y en cuyas aguas se veÃan flotar abundantes restos humanos, los cuales emanaban un hedor tan asfixiante, que obligaba a taparse las narices incluso a «Darma» y a «Punty», que iban en la cubierta tumbados el uno al lado del otro.
A las seis ya habÃan rebasado el canal y la pinassa se metÃa por entre una serie de bancos, bajos fondos e islotes que formaban la parte baja del Mangal.
Se aproximaban al cementerio flotante indicado anteriormente por Tremal-Naik.