Los dos tigres
Los dos tigres HabÃa vuelto a ocupar el trono uno de los últimos descendientes del Gran Mogol, y la consternación reinaba entre las tropas inglesas, que por el momento se hallaban impotentes para hacer frente a tan imprevista sublevación, que tenÃa todas las trazas de extenderse por toda la India septentrional.
—¡No importa! —dijo Sandokán, cuando el teniente hubo terminado de darle estas graves noticias, las cuales le habÃan sido comunicadas a este por el comandante de la escasa guarnición de Port-Canning—. ¡Da lo mismo; iremos a Delhi!
—¿Todos? —preguntó Yáñez.
—Todos, no. Un grupo demasiado numeroso podrÃa encontrar mayores dificultades —contestó Sandokán—, aun teniendo un salvoconducto del Gobierno de Bengala. ¿No le parece a usted, señor De Lussac?
—Tiene usted razón, capitán —dijo el teniente.
—Iremos solamente nosotros cuatro con una escolta de seis hombres, y enviaremos el resto al prao con Sambigliong, Kammamuri y Surama. Ahora la muchacha no puede prestarnos ningún servicio.
—Pero el señor Yáñez será un peligro para ustedes —dijo el teniente.
—¿Por qué? —preguntó el portugués.