Los dos tigres
Los dos tigres Los ingleses, insatisfechos de la lentitud con que procedía el general Arison, confiaron el mando al general Bernard, que poco a poco fue envolviendo a Delhi, donde los insurgentes se fortificaban a toda prisa, comprendiendo que iban a ser sitiados.
Ya en los primeros días de junio, la ciudad podía considerarse cercada. Sin embargo, los ingleses no obtuvieron de ello ninguna ventaja por faltarles los medios de combate, y además de visitar con frecuencia los ataques y violentas salidas de los insurrectos, sufrían lo indecible con el espantoso calor y lo mortífero del clima.
Pero, a pesar de todo ello, la hora fatal se aproximaba para los insurgentes, ya que Delhi estaba condenada a caer en un mar de sangre.
Como ya hemos dicho, Sandokán y sus compañeros se dirigían hacia Delhi, de donde todavía distaban unas cuantas horas.
El señor De Lussac, que vestía el magnífico uniforme de los oficiales bengalíes y que era portador de un salvoconducto del comandante general de Koil, facilitaba el camino a sus amigos. Bastaba con su presencia para evitarles los interrogatorios, los cuales les hubieran hecho perder mucho tiempo.
El país hormigueaba de soldados de todas las armas.