Los dos tigres
Los dos tigres —Un parque completo de sitio, que pondrán en baterÃa esta noche.
—¡Perros malditos! —gritó el subadhar, apretando los dientes—. ¡Quieren tomarnos la ciudad! ¡Ya veremos si lo logran! ¡Estamos resueltos a morir antes de rendirnos! Conocemos demasiado bien su civilización; toda ella se resume en una sola palabra: destruir.
—Es cierto —dijo Sandokán—. Le ruego que nos deje entrar en la ciudad. Tenemos prisa por combatir y, además, estamos cansadÃsimos y hambrientos.
—Nadie puede atravesar la puerta de Turcomán sin sufrir antes un interrogatorio del comandante jefe de las tropas que operan fuera de las fortificaciones. Yo no dudo que seáis insurrectos, hermanos; pero tengo que obedecer las órdenes que he recibido.
—¿Y quién es el comandante? —preguntó Tremal-Naik.
—Abu-Assam, un musulmán que ha abrazado nuestra causa y que ha dado pruebas de su fidelidad y de su valor.
—¿En dónde está?
—En el burgo más avanzado.
—Pero a estas horas estará durmiendo —dijo Sandokán—, y a mà me desagradarÃa pasar la noche fuera de Delhi.
—Os proporcionaré en el acto un alojamiento. ¡Seguidme! El tiempo es demasiado precioso para nosotros.