Los dos tigres
Los dos tigres El subadhar hizo señas a sus hombres para que rodeasen a los piratas y montaran los fusiles; luego se puso en marcha a un trote corto.
—¡No habÃa previsto yo esto! —murmuró Tremal-Naik, volviéndose hacÃa Sandokán, que se habÃa quedado pensativo—. ¿Saldremos bien de esta?
—Me siento acometido por un deseo irresistible de cargar a fondo contra esos saqueadores y dispersarlos. No resistirÃan a un ataque violento, a pesar de que son cuatro veces más numerosos que nosotros.
—¿Y después? ¿Crees que podrÃamos entrar tranquilamente en la ciudad santa? ¿No ves allá otros grupos de saqueadores recorriendo la campiña? Al oÃr los primeros tiros se nos echarÃan todos encima.
—Por eso me he contenido hasta ahora —respondió Sandokán.
—Pero al fin y al cabo, ¿qué tenemos que temer de un interrogatorio?
—¡Qué quieres, amigo Tremal-Naik; hoy me siento más desconfiado que nunca! En ese burgo puede haber thugs, y si los hay pueden reconocerte.
El bengalés se estremeció.
—¡SerÃa una aventura bien desagradable! —contestó—. ¡Bah! ¡Quizá exageremos nuestros temores!
A eso de las diez llegaron a una aldehuela medio destruida, formada por dos docenas de cabañas casi derrumbadas.