Los dos tigres
Los dos tigres Por varios lugares ardÃan hogueras, que hacÃan brillar los gruesos haces de fusiles colocados en pabellón; muchos hombres de aspecto poco tranquilizador con enormes turbantes y las fajas llenas de pistolones, yataganes y tarwars, andaban por entre una multitud de caballos.
—¿Vive aquà el jefe? —preguntó Sandokán al subadhar.
—Sà —respondió el aludido.
Mandó hacer sitio a su escolta y se detuvo ante una cabaña llena de insurgentes que estaban tumbados sobre montones de hojas secas.
—¡Dejad esos sitios! —dijo en un tono tan imperioso, que no admitÃa réplica.
Cuando los soldados hubieron salido, rogó a Sandokán y a sus compañeros que pasaran, disculpándose por no poder ofrecerles otra cosa mejor, pero prometiéndoles enviar algo para que cenasen. Dejó a la escolta haciendo guardia en la cabaña y se alejó a pie, arrastrando ruidosamente su enorme cimitarra.
—¡Nos han ofrecido un hermoso palacio! —dijo Yáñez, que no habÃa perdido ni un ápice de su eterno buen humor.
—¿Bromeas, hermano? —dijo Sandokán.