Los dos tigres
Los dos tigres —¡Hombre, yo creo que no es cosa de ponerse a llorar porque no nos hayan destinado un alojamiento mejor! Tenemos hojas que harán las veces de cama, y que nos bastarán para echar un buen sueño tan pronto como cenemos, si es que hay cena; porque preveo que no entraremos en Delhi antes de mañana.
—¡Sà entramos! —respondió Sandokán, que parecÃa atormentado por algún presentimiento.
Yáñez iba a replicarle, cuando entró un soldado que todavÃa llevaba el uniforme de los cipayos y tenÃa en las manos una antorcha y un canasto.
Apenas entró en la cabaña, lanzó un grito de sorpresa y de alegrÃa:
—¡El señor Tremal-Naik!
—¡Bedar! —exclamó el bengalÃ, aproximándose a él—. ¿Qué haces tú aquÃ? ¡Un cipayo que se ha batido a las órdenes del capitán Macpherson, hallarse ahora entre los rebeldes!
El insurgente hizo un gesto indefinido y dijo:
—Ya no vive el patrón; y, además, yo he roto definitivamente con los ingleses. Mis camaradas desertaron, y lo les he seguido. Y usted, señor, ¿para qué ha venido hasta aqu� ¿Ha abrazado nuestra causa?
—Sà y no —respondió el bengalÃ.