Los dos tigres

Los dos tigres

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—Esa es una respuesta poco clara, señor —dijo, riendo, el cipayo—. Pero sea cual fuere el motivo que le trae, tengo una gran alegría en volver a verle, y la tendré aún mayor si puedo serle de utilidad.

—Ya te explicaré después la razón de que me encuentre ante la ciudad santa.

—¡Ah!

—¿Qué pasa?

—Que deben de andar los thugs en el asunto.

—Por ahora, calla. ¿Qué nos has traído, Bedar?

—La cena, señor; un poco ligera a decir verdad; pero en campaña no abundan los víveres. Un poco de antílope asado, alguna fruta y una botella de vino de palma.

—Para nosotros, basta —contestó Tremal-Naik—. Baja el cesto y, si estás libre, cena aquí también.

—Señor, es un honor que no rehúso —contestó el cipayo.

Abrió el cesto y sacó la cena, que, en efecto, no era muy abundante. No obstante, resultó suficiente. Sandokán y Yáñez, que no habían despegado los labios y que estaban muy contentos con aquel encuentro, comieron con apetito, así como Tremal-Naik y los hombres de la escolta.


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