Los dos tigres

Los dos tigres

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De nuevo se abrazaron y enseguida Yáñez y Sandokán bajaron las escaleras con el maharato.

—Vayan ustedes prevenidos —dijo Kammamuri, mientras les abría la puerta.

—No temas —respondió Sandokán—. No somos hombres que se dejan sorprender.

Apenas estuvieron en la calle, los dos comandantes del prao sacaron las pistolas que llevaban en las fajas y las amartillaron.

—Abramos bien los ojos, Yáñez —dijo Sandokán.

—Ya los abro, hermanito; pero confieso que no veo más allá de mis propias narices. Me parece que estoy metido en una enorme cuba de alquitrán. ¡Qué noche tan buena para una emboscada!

Se detuvieron en mitad de la calle, aguzando el oído, y tranquilizados por el profundo silencio que reinaba en torno de ellos, se dirigieron hacia la explanada del fuerte William.

Marcharon por el centro de la calle, manteniéndose apartados de las paredes de las casas, mirando uno hacia la izquierda y otro a la derecha.

Se detenían cada quince o veinte pasos para escuchar, porque estaban convencidos de que alguien debía seguirles, tal vez el hombre que Sandokán había entrevisto en el momento en que Kammamuri abría la puerta del palacio.


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